Por Pedro Ortiz Bisso
Se equivoca Laura Bozzo cuando acusa a Jaime Bayly de ser el autor exclusivo de su expulsión de la televisión peruana. Ponga a un costadito su altivez, estimada doctorcita, y reconozca que ha sido la gente --esa que usted decía que la adoraba hasta la idolatría-- la autora de este acontecimiento extraordinario, cansada de tanta basura y griterío barato disfrazado de drama de callejón.
Qué bueno que el televidente alce la voz y se defienda, y qué bueno también que los medios de comunicación se regulen y ajusten su parrilla de programación. No ha sido el género el condenado --los testimonios bamba no tienen por qué nutrir la vena de los 'reality show'--, sino una conductora a quien los años de encierro, pese a haberlos sufrido en la comodidad de su vivienda-set de San Borja, no lograron adelgazar ni un solo gramo su soberbia.
Pero que no se crea que es el fin de la doctorcita en nuestra televisión. Los sepelios mediáticos, a veces aparatosos, otros tan repentinos como silentes, no suelen ser definitivos. En un país tan afecto a los dramáticos giros de tuerca, siempre acompañados por oportunos olvidos selectivos, las resurrecciones televisivas nunca se pueden descartar.
Por lo pronto, Bozzo ha canalizado su frustración vomitando sapos y culebras por doquier y, como es su costumbre, anunciando pomposos planes de trabajo en el exterior ("Gracias a Dios que me sacaron del Perú", ha declarado). Ahora dice que Moria Casán, la casi sexagenaria vedette argentina, quien condujera un programa similar al de la doctorcita en su país, también salpicado por el escándalo, aparece en su horizonte.
Pero sean o no ciertos estos planes, el objetivo de Bozzo al airearlos, vano por supuesto, es evidente: tratar de ningunear ante el espectador desavisado este momento humillante que nunca imaginó vivir.
Cuando la Casán conducía su programa --que podía verse por estos lares a través del cable--, repetía hasta el cansancio una frase que pronto se convirtió en su marca de fábrica: "Si querés llorar, llorá". Doctorcita, olvídese un ratito de su soberbia. Hágale caso a su nueva amiga.