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Le ha alterado la vida a su marido. Él, otrora rudo pescador, ahora confecciona junto con ella ropa para muñecas Barbie. En Gamarra, él vende lo que ella (otrora ama de casa) crea

"Yo ahora aspiro a más"

Entrevista SARA PACHECO

Por Antonio Orjeda

Agarre tela, pónganse al frente de una máquina de coser y confeccione un jean para una Barbie. No cualquier jean. ¡Hágale uno a la moda!... A ver, supongamos que le ha quedado decente. ¿Cuánto trabajo le habría costado? ¿A cuánto lo vendería?

Sara Pacheco, entre vestidos de novia, de fiesta (tipo Cenicienta) y jeans y casacas para esta famosa muñeca, produce 20 al día. A Sara, un intermediario le paga por cada conjunto (jean y casaca) tres soles. ¡Tres soles! Sí, esto es inconcebible.

Con un esposo pescador, Sara tuvo que bregar duro para que él aceptase que ella se dedicara a algo que no fuese la atención del hogar. Ahora él trabaja con ella. Ahora Sara tiene un reto mayor: dejar de malbaratear su labor. Sara ha comenzado a instruirse. Su marido, hoy la admira.

Usted para la olla y da estudios a sus hijos con el arte que aprendió de su madre.
De eso prácticamente vivimos. Con eso contamos... y con nuestro trabajo.

En un principio, quien se encargó del sustento fue su marido...
Sí, cuando recién nos casamos.

¿Y usted?
De mis hijos. Yo solo me encargaba de atender a mis hijos.

Usted les hacía la ropa.
Yo sabía de costura. Allá, cuando vivía en el distrito de San Andrés, donde también tengo mi casa (en la provincia de Pisco, en Ica), todos se dedicaban al negocio del pescado, y lo que allá se necesitaba eran mandiles. Yo compraba retazos y hacía mandiles. Así me compré mi primera máquina. De ahí me pidieron ropa para niñas y comencé a confeccionar ropa para niñas. Les encantaba.

Quince años atrás, su mamá...
Yo venía a visitarla a Lima, y un día vi que ella estaba haciendo ropa para muñecas, y me enseñó.

Aprendió y comenzó a hacer diferentes modelos, pero solo por afición.
Lo hacía en el poco tiempo libre que tenía. Por las tardes. Mis hijos todavía estaban chicos.

Lo hacía simplemente por el gusto de hacerlo.
¡Porque me encanta!

Todo cambió el día que llegó a Lima y, en las inmediaciones del Mercado Central, ofreció y volaron todas sus prendas.
Fue mi hermana. ¡Mi hermana me lo vendió todo! Me entregó el dinero y, uy, yo dije: "¡Guau!". Fui y me compré unos zapatos. Comencé a llevarme tela a Pisco y allá confeccionaba las prendas y las traía (a Lima) o las mandaba.

Entonces vivía en Pisco y su marido era pescador.
Sí.

¿Tan bien les iba económicamente que usted solo se dedicaba a su casa?
Mi esposo es el hombre típico al que le gusta que su mujer esté en su casa; a cargo del hogar y nada más. Yo he tenido que batallar contra todo eso para poder empezar... Por eso me he demorado un poquito (para emprender con fuerza este negocio).

Fue a raíz de que él consiguió un trabajo en Lima como chofer que toda la familia se mudó.
Así es. Mis hijos ya estaban más creciditos y yo --sin descuidarlos-- me pude dedicar más a esto.

Hoy su marido trabaja para usted.
Trabajamos los dos (ríe)...

¿Cómo consiguió hacerlo cambiar de opinión?
¡Esa ha sido mi lucha! He tenido que darle y darle hasta lograr un cambio radical, porque mi esposo era una persona a la que había que plancharle hasta las medias... con eso le digo todo (ríe). Me ha tomado tiempo, pero lo estoy logrando. Y a raíz de que esto está saliendo cada vez más, ¡yo ahora me quiero dedicar de lleno a esto!

Empezaron como ambulantes y llegaron a tener una tienda en una galería en Gamarra.
Sí, tuvimos una tienda en Gamarra (en el emporio comercial de La Victoria).

Han vuelto a ser ambulantes. ¿Qué pasó?
¡No había ventas! ¡La gente dejó de subir al segundo nivel! Bajó la producción, había que pagar el alquiler, el mantenimiento... Así que tuvimos que volver a la calle. Ahí fue que mi esposo volvió a vender bastante.

La gente dejó de llegar a su puesto debido a que el ordenamiento del comercio ambulatorio que se había logrado en La Victoria se desbarató.
Claro. Además, la gente está más acostumbrada a comprar en la calle...

¿Hace cuánto fue eso?
Yo tuve mi tienda el 99, cuando todo lo ordenaron. Abrí en julio, y ahí sí subía la gente. Además, mi tienda era una cosa novedosa. Me iba bien, para qué; pero el negocio bajó cuando volvieron los ambulantes (en noviembre de ese año una horda de invasores, entre informales y matones contratados, tomó a la fuerza las calles de Gamarra).

Eso originó que además perdiera contacto con sus clientes.
Algunos quedaron.

Tengo entendido que gracias a ellos muchas de sus prendas llegaron al extranjero. Incluso hasta Nueva Zelanda.
Sí, los vestidos de fiesta.

Eso debió haberle generado satisfacción definitivamente. Sin embargo, el beneficio económico de su trabajo se lo estaban llevando otros.
Exacto. Y eso, precisamente, por no haberme sabido encaminar bien. De lo contrario, hoy sería diferente. Pero ahora tengo el apoyo de mis hermanos (uno de ellos tiene un taller de confecciones en San Juan de Lurigancho). A mí me faltaba eso: apoyo. Porque esta cosa es bien laboriosa.

No basta el talento como confeccionista: uno además requiere información, saber cómo conducir una empresa.
Cosa que a mí me había faltado. Yo solo me asesoraba viendo programas como "Hola Perú", el del señor Nano (Guerra García). Así supe cuáles son los materiales que necesitaba, los que puedo adecuar a la ropa... Ahora he comenzado a ir a las expoferias de manualidades. Solo a ver. Aunque ahora también quiero entrar para ofrecer mis productos.

Claro, porque si tal como ahora están llevando el negocio están parando la olla y pagando los estudios de sus hijos, ¡cuánto más podrían lograr!
Yo ahora aspiro a más. Hasta el momento he tenido que adecuar mis modelos (y mis precios) a la economía de acá (a la de las zonas modestas donde ofrece sus productos), pero yo sé que puedo hacer cosas más elaboradas y de mayor precio; y también sé que las puedo hacer en mayor cantidad.

Porque es un escándalo que los conjuntitos tan bien elaborados que usted hace los esté vendiendo a ¡tres soles!
Eso es lo que me paga el intermediario. Si la venta es directa, ganamos un poco más. Ese es el costo que tengo que pagar por estar aprendiendo.

Dígame, ¿si su mamá no la hubiese metido en este arte, qué sería hoy de usted?
Ahorita seguiría siendo ama de casa... Aunque yo, con la costura, ¡desde antes me he venido defendiendo! Había una señora que iba y venía de Estados Unidos y que me traía trabajo para que yo lo hiciera con calidad. Yo le hacía unos forritos para las botellas, mandiles en forma de vestidito... Yo, con mi máquina de coser, ¡me he defendido! Tal como lo ha hecho mi mamá.

¿Cuántas personas trabajan hoy para usted?
Dos. ¡También mi esposo trabaja! A pesar de que ha sido pescador, él ha aprendido a coser. Él arma esos vestidos (los de fiesta)...

¿Él cómo ha tomado el cambio?
Ya lo ha asumido. Le da gusto que ahora yo me esté proyectando. Él ve mis deseos de progresar, y ya me apoya.

Lo mismo pasa con sus hijos.
Los dos me han apoyado bastante. Cuando eran pequeños y había que cortar tela, ellos lo hacían; cuando teníamos la tienda, vendían. De haberme apoyado, ellos lo han hecho. Pero tampoco es que vean su futuro dedicándose a hacer ropita para muñecas (ríe)... Uno se tiene que desenvolver en el campo para el que se ha preparado.

Dígame: a usted le encantaba hacer ropa para Barbies, pero en casa no tenía con quién disfrutar, pues sus dos hijos son hombres...
Solo tengo una sobrina, ¡todo el resto son hombres!

Entonces ella debe ser la que más ha disfrutado de su arte.
¡Claro! ¡De ella son todas estas muñecas! (las que ahora le sirven a Sara de modelos de todas sus creaciones).

LA FICHA
Nombre: Sara Eufemia Pacheco Baylón.
Colegio: La primaria en el Micaela Bastidas y la secundaria en el Instituto Nacional de Comercio, ambos en su natal Pisco.
Estudios: "No tengo".
Edad: 49 años.
Cargo: Confeccionista de ropa para muñecas y socia de Saridolls, empresa que con sus hermanos está por constituir.

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