Por Arabella Krateil. Publicista
Miraflores realizó con éxito su primera Noche en Blanco, una actividad que constituye la mayor expresión de arte público. Permite que la gente se vuelque a las calles para disfrutar del arte sin tener que entrar necesariamente en recintos cerrados. A pesar de que el frío ya se hace sentir, Larco y sus alrededores estuvieron llenos de gente que disfrutó de un paseo inusual. La urgencia que generan estas pocas horas de convocatoria hace salir a grupos familiares o de amigos a sorprenderse con expresiones atípicas de arte. En honor a la cumbre, los artistas invitados eran básicamente europeos y sus propuestas, sin duda, distintas.
La mezcla de lo que se vio fue de mucho contraste. Los peruanos nos podemos relacionar con un corso en homenaje a la papa o con un pasacalle ancashino, pero nos resulta un poco más difícil de comprender que arrojar papeles desde lo alto de un edificio constituya una expresión artística.
No estamos acostumbrados a ver proyecciones de videoarte en las fachadas, ni artefactos luminosos clavados en un parque o intervenir una galería abandonada. Además, no siempre se comprende el mensaje. Pero así sucede, porque la actividad es más grande que la obra. El conjunto es lo que deja una huella, una sensación que relacionaremos en la memoria con la cumbre y sus temas.
Hay que aplaudir la iniciativa y el esfuerzo de gestar este megaevento en el que el ciudadano pudo disfrutar de una manera enriquecedora de su ciudad. Hubo un poco de todo: desde un concierto de música experimental que atrajo a los más jóvenes, muchos juegos de luces, proyección de videos, instalaciones diversas, una interesantísima muestra fotográfica, esculturas y hasta una moto revelando una visión 'kitsch' del amor.
Por absurdo que resulte una papa voladora, con ojos y todo, fue la estrella de la noche. Hay que reconocer el ingenio y el simbolismo. La papa se robó el show y su reiterada presencia en la noche (y en la cumbre) la reivindica ante el Perú y el mundo. ¡Viva la papa!
Entre los previos a la Noche en Blanco, llamó la atención la performance que organizó Jota Castro en la playa Redondo: "La palabra del mudo", en la que un mudo proclamó un discurso usando solo lenguaje de señas y logró que los invitados 'hablantes' pudieran experimentar el sentimiento de exclusión.
Otro efecto que capturó mi atención fue el "círculo rojo" de George Rousse, quien intervino una galería abandonada en Ricardo Palma pintando una figura geométrica en una perspectiva tal que resultó una trampa para el ojo de la cámara.
Pero en fin, lo que me gustó a mí no tiene que gustarle a todos. Eso no es lo importante. No todo es para todos los gustos. Tampoco todo fue de gran nivel, pero lo que sí estuvo por todo lo alto fue el civismo ejemplar del público que será recompensado.
La Noche en Blanco es una experiencia que Miraflores ha decidido repetir cada año. Significa que nos podemos poner ambiciosos y reclamar mayor despliegue, mayor cantidad de atracciones simultáneas. Mayor nivel de exposiciones, pero, por sobre todo, mayor difusión, porque si vamos a hacer que el arte salga a las calles al encuentro de la gente, tendremos que realizar una labor didáctica de explicar el sentido de las cosas. Solo si entrenamos a la gente a apreciar el arte podremos esperar que esta actividad sea cada vez más rica.