Vida en pareja
El cine se ha interesado siempre por registrar la descomposición de las relaciones conyugales. Es más, algunos directores se mostraron creativos e inspirados al dar cuenta de los momentos más intensos de la crisis y la ruptura de la pareja. Inventaron dispositivos formales y narrativos, modos de mirar y tratamientos peculiares para contemplar el derrumbe.
En Ciudadano Kane, Orson Welles resumió años de molicie y rutina conyugales en unos cuantos segundos: la pareja de esposos, sentada ante la mesa del desayuno, va degradando su relación, que pasa de la mirada seductora al gesto esquivo. Las elipsis temporales de Welles se limitan a unas panorámicas vertiginosas (barridos) que lo dicen todo. La escena es perfecta e implacable. Woody Allen, en Maridos y esposas, abre la película con el anuncio de su separación de Mia Farrow. Una pareja de amigos no acepta la noticia y se desconcierta. Todo está filmado con una cámara que se mueve, desordenada y confusa, sin orden ni concierto, sobre el hombro del operador. Es el falso reportaje de una ruptura conyugal de ficción que, más tarde, se convirtió en gran escándalo y hecho real: el juego de espejos de Allen. Un último ejemplo: Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman. El sueco filma el fin de la pareja con la cámara muy próxima al rostro de sus actores. La cámara-bisturí-lupa desgarra la intimidad; es impúdica y entrometida.
Vida en pareja (el título original es 5 x 2), del francés Francois Ozon, realizador de Bajo la arena, La piscina y 8 mujeres, también busca un modo distinto de presentar el viejo tema del fin de la relación marital. Por eso, cuenta la historia al revés, tal vez por influencia de Betrayal, la obra teatral de Harold Pinter, que se llevó al cine, en 1983, con Jeremy Irons, Patricia Hodge y Ben Kingsley envueltos en una historia de adulterio.
Pero allí acaban todas las semejanzas con Pinter. Ozon prefiere desmontar los sentimientos de la pareja en cinco secuencias retrospectivas que van desde el divorcio hasta el encuentro de la pareja en una hora y media de proyección. Es decir, la película empieza por el final y acaba por el inicio cronológico de la acción. Pasamos del negro al rosa, de la violencia de la despedida al lirismo de postal, con crepúsculo al fondo, en el ambiente marítimo, veraniego y relajado que cierra la película.
Como idea de construcción dramática, esa inversión temporal es tan buena o tan mala como cualquier otra. Lo que decide la solvencia de una película es el tratamiento fílmico, que aquí tiene altas y bajas notables. La escena más lograda es la primera: Ozon se limita a registrar los hechos y a marcar el territorio de la ficción. La pareja escucha la resolución de su divorcio. Solo importan la voz monocorde del funcionario y los rostros macilentos de los actores. En las imágenes se han suprimido los colores cálidos y, durante varios minutos, sentimos que el estilo de la crónica se impone. Ozon filma un trámite legal y lo hace con la frialdad de un escribano. Poco después, la pareja entra a la habitación de un hotel para tener una despedida sexual. Los cuerpos de los actores están filmados sin disimular su flacidez. Ya no existe el erotismo. Lo que sucede entre ellos es seco, fuerte y muy dramático. Es un clímax inicial, luego del cual solo queda descender.
Y eso es lo que ocurre. Los "retratos de familia" que siguen son más o menos detallistas, crueles, ligeros, densos, perversos, reveladores, pero ninguno tiene la capacidad para decir nada nuevo de lo que ya sabemos desde la primera secuencia. O de decirlo con la misma contundencia
La causalidad al revés de Vida en pareja es consecuencia de la búsqueda del dato oculto que explique lo que falló en esa relación. Algunos de los síntomas de la descomposición de la pareja son interesantes, sobre todo por el trabajo de los actores. La imagen del marido devorando un bistec y demorando la llegada a la clínica para asistir al nacimiento de su hijo, resume el carácter autodestructivo del personaje con más precisión que muchas de sus lánguidas miradas. Lo mismo ocurre con la breve discusión que entablan los padres de la esposa (notables Francoise Fabian y Michel Lonsdale) en la clínica: es el retrato sintético del deterioro matrimonial que Vida en pareja ilustra en sus cinco episodios.
Pero la arqueología de Ozon falla cuando cree encontrar en el pasado la causa exacta de la falla conyugal. La secuencia de la noche de bodas, con la intervención del turista norteamericano, es tan artificial y postiza como la ironía que contrasta la situación de la pareja con el sentido de las baladas románticas italianas que se escuchan en la banda sonora. O como la esquemática oposición entre la altiva novia de Gilles y la tímida Marion, en el episodio final, que transcurre en el balneario.
Marion, la esposa, es Valeria Bruni-Tedeschi, que da consistencia, fuerza, sentimientos y complejidad a cada uno de los momentos en que aparece. Es una de las mejores actrices del cine europeo actual. El director Ozon está con el personaje, se pone de su lado y le presta atención. Es cómplice y cálido con ella, así como es despiadado con el personaje del marido, interpretado por Stephane Freiss. Ozon es un cineasta de mujeres. Las prefiere fuertes y solas, emancipadas de los hombres, que aparecen como fantasmas de la fantasía erótica (Ozon es un militante homosexual) o como maridos ausentes, extraviados en un sentido real (Bajo la arena) o figurado. Vida en pareja es una película atractiva pero no lograda del todo.