Domingo, 3 de setiembre de 2006
Cine: Paraíso ahora
La cotidianidad de los hombres bomba

Hay que celebrar el estreno de Paraíso ahora. Y no porque se trate de una gran película -que no lo es-, sino porque abre la cartelera a un cine distinto, interesante, maduro, ajeno a las fórmulas al uso en los blockbusters que saturan la cartelera. Nos descubre, además, a un cineasta interesante, el palestino Hany Abu-Assad, nacido en Israel y radicado en Holanda, director de dos películas previas, La boda de Rana y Ford Transit, ambas de 2002.

Los personajes principales de Paraíso ahora son Said y Khaled, dos jóvenes palestinos, que son reclutados para realizar un ataque terrorista en Tel Aviv. Amigos desde la infancia y mecánicos de oficio, viven el conflicto y la ocupación como quien pasa los días trabajando, conversando, escuchando música y escuchando lejanas descargas y explosiones. Cuando se les encomienda la misión decisiva, la aceptan movidos por razones personales e ideológicas, pero en ningún caso heroicas. Deben sacrificarse convertidos en bombas humanas. Les espera la promesa del paraíso inmediato, escoltados por ángeles y recibidos por vírgenes. Los personajes no son unidimensionales o de una sola pieza. La película ni los glorifica ni los condena. No son apóstoles, fanáticos ni encarnan el mal absoluto. Hay como una fatalidad en su empeño y su obediencia.

Ritual de muerte

La película describe, en su primera parte, la forma en que los protagonistas pasan de lo ordinario de su vida cotidiana a lo extraordinario. La puesta en escena al principio es laxa y ni siquiera dramatiza los gestos o las decisiones. Poco a poco se va apuntando el suspenso como mecanismo narrativo central. Un suspenso que no ofrece mayores detalles sobre el desarrollo del plan suicida ni sobre la identidad del grupo terrorista que lo lleva a cabo; sólo sabemos que supondrá la muerte de los involucrados y que eso es inexorable. Al conocer el resultado final, y saber que debe ocurrir en pocas horas más, sólo resta ser espectadores de cómo ocurrirá.

  Ese cómo es básico porque le da a la cinta un ritmo de expectativa creciente, a la manera de un thriller político. Pero el director Abu-Assad se escapa una y otra vez de las reglas del género. El terrible ritual de la preparación para la muerte, filmado con movimientos de cámara casi ceremoniales, se convierte en una representación con toques grotescos, inesperados, hilarantes, absurdos. La irracionalidad se impone como un subtexto: la promesa del paraíso placentero para un "mártir" que caerá despedazado suena irrisoria, así como el empeño de grabar mensajes en un aparato averiado tiene un aire de farsa. Que los videos finales de los sacrificados se vendan en los mercados junto a copias piratas de algún blockbuster de Hollywood tiene algo de chiste siniestro y expresa, mejor que cualquier discurso didáctico, el absurdo destino de los suicidas.        

El lado enfático y explicativo

El lado más débil de la película viene enseguida y tiene que ver con ese didactismo que la película dejó de lado en su primera mitad. No funcionan las escenas de la separación de los protagonistas ni la voz de la conciencia de Suha, la amiga de Said, la palestina educada en Europa, que verbaliza el punto de vista de la razón occidental y cumple la función de dar la "otra mirada" al asunto de la violencia. Le bastaba al director con matizar la tragedia con contrastes burlescos y con humanizar el comportamiento de los terroristas para dejar bien sentado su punto de vista.  Las intervenciones de la muchacha tienen un lado enfático y explicativo que está de más.



Ricardo Bedoya
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