Domingo, 4 de marzo de 2007
Crítica de cine: El último rey de Escocia




Por Raúl Cachay

Al primer largometraje de ficción de Kevin Macdonald --antes dirigió los documentales "Touching the Void" y "One Day in September"-- tenemos mucho que discutirle: en su afán de 'humanizar' a un déspota a todas luces monstruoso como el inefable dictador ugandés Idi Amin Dada, responsable de uno de los mayores genocidios padecidos por una nación del Continente africano durante la segunda mitad del siglo XX, el realizador parece perder las riendas de su personaje.

Al principio, es inevitable sentir cierta empatía por este militar aparatoso y bonachón, poseedor de una verborrea irresistible, uno de esos tiranuelos con exceso de carisma que siguen reproduciéndose como sanguijuelas en el Tercer Mundo (de hecho, no tenemos que ir demasiado lejos para encontrar a otros eximios representantes de esta especie). Amin es un libertario. Un héroe del pueblo. Pero es, además, un adicto a todo lo que tenga que ver con Escocia, un sátrapa despilfarrador que vive como un jeque en una nación pobre y hambrienta. Sufre delirios de persecución. Es salvajemente paranoico.

Y, finalmente, las cosas poco a poco empiezan a sintonizar algo más con la leyenda: nunca lo vemos almorzando lo que queda de alguno de sus adversarios políticos, y su preferencia por la dieta antropófaga es apenas sugerida con incredulidad en algún momento de la película, pero el Amin de las escenas finales sí es tan sanguinario, cruel y temible como todos lo imaginábamos antes de ingresar a la sala. Para seguir con las distorsiones, a este Amin lo vamos conociendo a través de los ojos de un occidental, el doctor escocés Nicholas Garrigan (un efectivo James McAvoy), quien por una sucesión de golpes del destino llega primero a Uganda, conoce a su incipiente dictador y luego se transforma en su médico personal y miembro privilegiado de su círculo áulico. En un inicio, el filme observa la realidad africana con una distancia y un verismo casi documental. Luego se transforma en un interesante aunque algo confuso y efectista thriller político. Termina como "Duro de matar 4".

Todo hasta ahora parece apuntar a una conclusión abiertamente negativa, pero no. "El último rey..." funciona, y por momentos deslumbra, cada vez que el ganador del Óscar Forest Whitaker aparece en la pantalla. Su presencia es imponente, monumental: este engendro atosigado de contradicciones se hace mucho más que creíble en la piel de Whitaker. Probablemente hayan sido muchas las licencias tomadas para construir este personaje, pero eso no importa: caníbal o no, el Amin de Whitaker terminas siendo bastante más interesante e inquietante que el original. Vayan a verla.





¿Además de la impuntualidad, qué otros defectos cree usted que tenemos los peruanos?
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