Domingo, 2 de julio de 2006
Cine: El humor después del amor
Viviendo con mi ex.

En los años treinta les llamaban "comedias del re-casamiento", y se siguen haciendo hasta hoy. Forman una variante de las comedias románticas. Empiezan donde terminan ellas. La diferencia radica en que la trama no describe la formación de la pareja, sino su ruptura y, sobre todo, la estrategia que sigue uno de sus miembros para reconquistar al otro. Es un plan conformado por tácticas desesperadas, ridículas, tramposas y burlescas que pone en escena el amor despechado. El gran clásico de este subgénero es His Girl Friday, de Howard Hawks, con Rosalind Russell y Cary Grant.

Viviendo con mi ex apuesta a lo mismo. La película empieza con el inicio de la relación entre Jennifer Aniston y Vince Vaughn, pero esa línea sólo es un pretexto para el verdadero plot: la ruptura de la pareja. Luego de esa situación detonante, siguen un conjunto de episodios más o menos sueltos que giran, a veces en clave cómica y a veces dramática, en torno a lo mismo: ¿cómo despertar el interés de la pareja que está tan cerca y tan lejos a la vez?

LA REALIDAD, EL CHISME Y LA FICCIÓN

Se ha dicho que Viviendo con mi ex refleja la situación personal de la actriz Jennifer Aniston durante su ruptura con Brad Pitt. El dato sería interesante si la película hubiera incorporado ese dato de la realidad como asunto, reflejo o problema. Más allá del chisme y de la información propia de la prensa del corazón, en la historia del cine se encuentran grandes películas que mostraron la situación real de sus actores y su estado emocional, convirtiendo amores o decepciones en huellas de verdad documental o en motivo de identificación afectiva. Allí están los rostros y gestos de Ingrid Bergman y Anna Karina filmados por Roberto Rossellini y Jean-Luc Godard, respectivamente, en el pico y, más tarde, en la sima de sus relaciones amorosas. O Truffaut haciendo el diario íntimo de su fascinación por Jeanne Moreau en Jules et Jim. O Howard Hawks filmando a Humphrey Bogart y a Laureen Bacall en el momento mismo en que coquetean y se enamoran durante el rodaje de To Have and Have Not. O a la pareja Elizabeth Taylor y Richard Burton mostrando, casi con obscenidad, lo mucho que se querían y todo lo que se odiaban ante las cámaras de J.L. Mankiewicz, en Cleopatra, y de Mike Nichols, en ¿Quién le teme a Virginia Woolf? Los directores crearon ficciones redondas, autónomas, pero también testimonios de pasiones y rupturas propias o ajenas.

Eso no ocurre en Viviendo con mi ex. La aflicción real de Jennifer no es un valor agregado a la ficción ni su trasfondo emocional. Es una coincidencia. Y es que la rígida estructura de sitcom que tiene la película impide que la realidad se cuele. El humor está basado en el esquema de la pareja dispareja. Mientras que Vince Vaughn es un fanático de los deportes y los juegos electrónicos, Aniston trabaja en una galería de arte. No pueden vivir juntos, pero siguen haciéndolo, lo que es pretexto para concentrar la acción en el espacio del departamento. Los decorados y mobiliario nos remiten a la típica comedia televisiva urbana, de la que Aniston es un emblema. La ciudad de Chicago y el interior de la casa de la pareja son reconocibles a simple golpe de vista: el ambiente, atmósfera o clima de los lugares es puramente funcional porque lo que interesa es la agudeza de las réplicas y el juego de los actores.

SOLO LIMPIEZA Y CORRECCIÓN

Vaughn es un buen comediante, pero aquí se dedica a imitar el estilo vociferante y malhumorado de Walter Matthau, el de Extraña pareja, y de tantas otras películas. Jennifer Aniston es una actriz limitada, pero tiene el talante televisivo perfecto. Dice sus líneas con el desparpajo y naturalidad que da paso seguro a las risas grabadas de la televisión. Aquí, felizmente, no se oyen las odiosas risas, pero sí abundan planos de reacción a la cara de Vaughn, que expresa asombro, irritación o indiferencia ante los planes de su antagonista. Y así transcurre la película: entre diálogos escritos con gracia, rabietas de Vaughn, avances de Aniston, agresiones y revanchas. El director Peyton Reed filma con limpieza y corrección, pero nada más. Todo es igual para él: lo humorístico y lo dramático. La risa y el llanto dan lugar al mismo tratamiento blando, soso y comedido.



Ricardo Bedoya



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