Martes, 13 de junio de 2006
Cine: El placer de la contemplación
La joven de la perla

El fotógrafo cubano Néstor Almendros decía que Johannes Vermeer es el más cinematográfico de los pintores. Lo repetía cada vez que debía enfrentarse a la iluminación de interiores, para los que buscaba un tono semejante al de la luz diurna que entra por las ventanas o al resplandor amarillo de la llama de una vela. Almendros -fotógrafo de Eric Rohmer, Francois Truffaut, Robert Benton, Terrence Malick, entre muchos otros directores europeos y de Hollywood- prefería justificar la luz, es decir mostrar la fuente luminosa, ponerla frente a los ojos del espectador, creando una impresión de radiante domesticidad, como ocurre en tantos de los cuadros del pintor de Delft.

La joven de la perla, del inglés Peter Webber, es una ficción en torno a la obra de Vermeer. Mejor, la película inventa una historia -casi una fábula- para narrar los antecedentes de La joven del arete de perla, ese cuadro al que algunos llaman la Mona Lisa del Norte. Y como no podía ser de otra manera, Webber trata de recrear tres elementos básicos: la luz, el ambiente doméstico y la mirada fascinada sobre Griet (Scarlett Johansson),  la joven de la perla. 

El fotógrafo Eduardo Serra es un personaje clave en esta puesta en escena escrupulosa de la vida cotidiana en la Holanda del siglo XVII. Desde las primeras imágenes, se suceden los tableaux vivants. Son retratos de la rigidez puritana, de las relaciones familiares concertadas, de la rigidez jerárquica en el trato con las sirvientas, de los espacios austeros, del gesto ordinario, de la claustrofobia. La luz y las texturas de las paredes, los tapices y el mobiliario parecen reproducidos, con manía caligráfica, de la pintura de Vermeer. La convención se impone: la representación cinematográfica del entorno del pintor es una extensión de sus cuadros, como si él se hubiera limitado a transcribir lo que la realidad le daba.

Aceptado ese presupuesto, hay que decir que La joven de la perla luce una cualidad plástica inusual en el cine de hoy. No porque la reproducción sea fiel, sino porque Webber deja que las imágenes se tomen su tiempo en la pantalla. La película es la historia de una transformación, y La joven de la perla pone en escena cada uno de los cambios, dando tiempo a su transcurso. Desde la llegada de Griet, cambian la luz y el orden del gabinete, cambia el gesto y la actitud del pintor (Colin Firth), cambian las tensiones de la familia y se desatan los celos. Pero, sobre todo, se erotiza el ambiente y la imagen dura el tiempo suficiente para dar cuenta de un deseo que avanza y se paraliza: los mejores momentos de la película son los que muestran al pintor y a su modelo en un trance erótico que se basa en la pura y silenciosa contemplación: Griet sacándose la cofia, soltando el cabello y humedeciendo sus labios.

El cuerpo, el gesto inocente o sorprendido, la palidez, el grosor de los labios, la sensualidad encubierta por la cofia, los vestidos y mandiles, y la presencia toda de Scarlett Johansson, es tan importante en La joven de la perla como la luz, la fotografía, los escenarios o la música de Alexander Desplat. La película gira en torno a ella, su silencio y sus actos mínimos y marginales que se van poniendo en el centro de la acción: empieza mostrándola en las calles y mercado de Delft y termina convertida en la obsesión del pintor, que perfora el lóbulo de su oreja.  

En el Hollywood clásico trabajó un cineasta llamado George Cukor. Sus mejores películas muestran el proceso de transformación de una mujer ante los ojos fascinados de un hombre. Desde Sylvia Scarlett hasta My Fair Lady, pasando por Nace una estrella, las mujeres de Cukor salían de la crisálida para convertirse en objetos de deseo e inspiración, como ocurre con Griet. Es imposible ver La joven de la perla y no imaginar lo que Cukor hubiera hecho con una historia así. Tal vez le hubiera dado un dinamismo del que carece en varias escenas, más convencionales o explicativas, como en las que aparece Cillian Murphy, el carnicero enamorado.



Ricardo Bedoya



Los niños pasan más de 300 minutos al día viendo la TV. Violencia y sexo inundan la programación.

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